Gobierno de izquierda que le pega con la derecha.

Yo voté por Andrés López en 2012. Estaba seguro de que, entrando a la recta final, se trataba de una carrera entre él y Enrique Peña, así que por mucho que me hubiera encantado contribuir con mi voto para elegir a la primera Presidenta de nuestra historia (más allá de que Josefina como candidata tampoco me convencía demasiado) privilegié con toda claridad la importancia de evitar que el partido más corrupto de la historia de México (poca cosa…) regresara a Los Pinos.

Soy un encendido creyente en el matrimonio igualitario, la despenalización del aborto y la legalización de la marihuana.

Sin embargo, en las pasadas elecciones no volví a votar por él, lo hice por Ricardo Anaya, amparándome en una racionalización parecida a la de hace seis años. El candidato de Morena ya no era en mi opinión el menor de los males, que es con lo que los mexicanos debemos conformarnos la gran mayoría de las veces.

Me encantaría que este escrito girara en torno a que esa fue una decisión mal tomada, pero al día de hoy no puedo decir que así sea.

Nadie (con un mínimo de actividad cognitiva) esperaba que en medio año nuestro Presidente hubiera cumplido con todas sus promesas, reformado la realidad mexicana y acabado con todo vestigio de una clase política que pocas veces ha estado a la altura de su encomienda.

El problema, lo alarmante, es que no parecemos estarnos moviendo en esa dirección, y mucho tiene que ver, creo, con el abordaje que eligió la nueva administración; tierra quemada… Una transición tan importante debe acometerse buscando la menor estridencia posible, y las formas elegidas parecieran querer propiciar justo lo contrario.

Por supuesto que otro curso de acción igualmente presentaba sus riesgos, imaginemos por un momento que alguno de los funcionarios que en un primer diagnóstico fueron considerados necesarios para asegurar una renovación estable y eficaz resulta tener la fibra moral de Lozoya y comete alguna tropelía, la imagen del nuevo gobierno podía verse en entredicho rápidamente, la gente podría pensar que son más de lo mismo, etc. Sin embargo, ¿no hubiera representado también una enorme oportunidad? De decir, aquí está un servidor público que de servidor no tiene nada, se le va a procesar con todo el rigor de la ley, no vamos a permitir que estas viejas prácticas sigan lastimando el bienestar de los mexicanos.

Poner un ejemplo así… por lo menos a mí me hubiera llenado de emoción y esperanza hacia el futuro.

Una de las primeras acciones que encontré positivas del nuevo modo de hacer de nuestro gobierno federal fue la capacidad de corregir el camino, de enmendar decisiones a todas luces equivocadas o hasta perniciosas, esto, como bien dicen sus seguidores, prácticamente no sucedía con presidencias anteriores. La cosa es que estas correcciones deberían ser cada vez menos necesarias, una vez superada la curva de aprendizaje de cualquier arranque; pues no ha sido así, el mérito de solucionar crisis que tú mismo has creado se gasta muy rápido, y la gente cada vez tiene más herramientas a su disposición para descubrir las discrepancias entre el discurso de sus gobernantes y la realidad que los inunda. Una de las mejores recetas para el desastre es cuando una administración pública se vuelve el peor enemigo de sí misma.

Quiero ser muy enfático en que todo aquel que minimice lo titánico de la tarea que enfrenta nuestro Presidente y su equipo de trabajo debería pensárselo mejor, daría la impresión de que todos estamos descubriendo al mismo tiempo que es más difícil construir una nueva era que destruir la anterior, pero, en búsqueda de un hilo conductor, sigamos con los ejemplos de complejidades (en su mayoría evitables) añadidas por su propia actuación.

No quiero saber cuánta gente creyera (mal haría en siquiera desearlo) que la nueva administración y sus demoledoras mayorías en ambas cámaras abolirían por completo la iniciativa privada, instaurarían un nuevo régimen en cuestión de semanas y se dedicarían a perseguir cualquier rastro de capitalismo patrimonial hasta desaparecerlo, pero, ante estos clamores tan estultos, sería muy sencillo adoptar una postura oficial que más o menos dijera (¡además teniendo razón!) que todo gobierno necesita de los empresarios y viceversa.

Una vez más, el obstáculo es la demonización anterior, que les impide ahora intentar ser mínimamente sensatos en declaraciones oficiales sin que cualquier ciudadano tire de hemeroteca y los evidencie como hipócritas con algún tweet o entrevista (de por sí se los hacen a cada rato).

Los funcionarios, el Presidente el primero, ahora están supeditados por sus denuncias, ácidas y reiteradas, de los tiempos en que no decidieron ser la oposición más responsable ni mesurada, e incluso “obligan” a sus partidarios radicales a exhibirse continuamente, como en el caso de querer explicar las diferencias marcadas y sustanciales entre cuando Slim y Azcárraga eran invitados de honor de presidentes anteriores y ahora lo son del actual.

Lo peor es que aquella retórica incendiaria e inconsciente apenas si parece haber menguado, nuestro Presidente parece decidido a ser un catalizador del hiperpartidismo y la polarización, muy a la usanza de su homólogo estadounidense. Debe haber mejores modelos de conducta en el escenario político actual.

Habiendo tocado el tema de Donald, ahí tenemos otro incidente de auto-sabotaje, el “Presidente” estadounidense es un completo lunático, tan impredecible como incompetente, cualquier negociación con él debe enmarcarse y entenderse de manera excepcional con respecto a los usos y costumbres de la política, y resultaría perfectamente entendible encontrarnos ante la imperiosa necesidad de alcanzar acuerdos poco ortodoxos para evitar cataclismos inmediatos mientras se delinea una estrategia más estructurada a mediano y largo plazo.

Pero… otra vez… la promesa en campaña fue poco menos que enseñarle a Drumpf modales, a respetar y demás bravatas de manual.

Siento que me estoy alargando demasiado, así que seré más sintético; el desprecio selectivo por las instituciones, el ataque a los contrapesos del ejecutivo, las consultas tanto patito como a mano alzada (?), la aberración de la Suprema Corte, el manejo de medios peor que el del PRI más rancio, la continuidad de las adjudicaciones directas, la separación iglesia-estado cada vez menos separada, la partida secreta (!!), la Guardia Nacional que de civil no tiene nada, el desoír recomendaciones de la CNDH, la crisis estéril de la gasolina, los ecocidios del tren maya, de Dos Bocas, de revivir el carbón…

Todo lo anterior me recuerda efervescentemente a una frase de Robert Anton Wilson que decía:

“Solo se necesitan 20 años para que un liberal se convierta en conservador al no cambiar una sola de sus ideas. En un universo en constante evolución, quien se queda parado se mueve hacia atrás”.

Cualquier cambio de sistema necesita tiempo, y vaya, hasta Peña tuvo aciertos de vez en cuando; matrimonio igualitario, reforma de telecomunicaciones, sistema de justicia penal, censo educativo, parte del sistema nacional anticorrupción… Pero, si dicen que la verdadera prueba para cualquier decisión es tener que volver a tomarla, sabiendo perfectamente lo que puede costar…

Yo volvería a votar por alguien más.

P.D: No me voy a envolver en la bandera del nuevo aeropuerto, pero tampoco voy a dejar de decir lo que considero más importante al respecto, si nuestro Presidente se iba a enfrentar a la clase empresarial en una declaración de intenciones así de potente, lo hubiera hecho por una (verdadera) reforma fiscal progresiva.

P.D.2: Muy arriba en la lista de cosas por las que me lamento de estos casi siete meses de un nuevo partido gobernando el país está sin duda el hecho de que, a la luz de todo lo recién expuesto, la gestión de un político tan deplorable como Felipe Calderón se usa como ejemplo, como contraste. Pobre México.

This Post Has One Comment

  1. Reconocí que los habías escrito tú desde el segundo renglón.
    Very good 😃

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