Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.

Por: Francisco Urteaga

Esta frase de Porfirio Díaz, que ya es un cliché, pero es tan estereotipada como cierta. Estados Unidos, desde que nos separamos de España ha sido nuestro vecino incómodo, el niño grande y gordo que nos roba el “lunch” en el recreo, nos bullyea, pero para hacer las cosas peores lo sentaron de por vida a nuestro lado y nos hemos hecho adictos a su violencia, como una relación codependiente y tóxica. 

Los Estados Unidos fueron fundados bajo una visión religiosa “el destino manifiesto”, bajo las premisas fundamentales de esa cosmogonía, los Estados Unidos se sienten encargados por Dios para otorgar los valores del “american way of living” a los pueblos menos civilizados, Dios les encargó darnos democracia y libertad. 

Han metido su cuchara en prácticamente todos los países de latinoamérica y han manipulado su política para lograr imponer líderes que manejen sus países como mejor conviene a los intereses de los Estados Unidos y por supuesto a Dios. 

México no es la excepción. Existe la famosa entrevista Creelman-Díaz, donde el presidente que ya iba por 30 años en el poder confiesa inocentemente que, por el crecimiento de la clase media en el país, estamos listos para una verdadera democracia, lo que ocasiona que Estados Unidos tenga la excusa perfecta para financiar un movimiento revolucionario, que culminó con Madero en la silla presidencial y un periodo de turbulencia política que duró al menos 11 años con presidentes que duraron en su cargo minutos, ni siquiera horas, hasta que llego Obregón y pudo lograr terminar un cuatrienio (el primer presidente que duró un sexenio fue Cárdenas).

Pero las guerras ya no se luchan con metralletas y bombas, ahora son mucho más sutiles y efectivas. Las guerras ahora son comerciales, no se necesita matar a nadie, se requiere manipularlos mediante las redes sociales, matarlos de hambre con embargos comerciales, terrorismo económico, con la amenaza de una crisis financiera… 

La frontera México-Estados Unidos es la que más factura en todo el mundo, con un promedio de un millón de dólares por segundo, es decir 3,600 millones de dólares por hora, 86,400 por día. Por ninguna otra frontera del mundo hay tanto intercambio de bienes y servicios. 

Ambos países somos beneficiados, en Estados Unidos tienen mano de obra barata que les permite bajar precios en sus productos y hacerlos más competitivos contra China y mantener su inflación en porcentajes bajos, en México hemos diversificado nuestra economía y nos ha permitido tener un porcentaje de desempleo de los más bajos del mundo en los últimos 25 años. En Guanajuato hace 20 años prácticamente la única industria que había era el cuero-calzado y sus ramificaciones, hoy la facturación de la industria no llega ni al 10% de lo que factura la industria automotriz en el estado. Lo que ha generado un crecimiento económico de la entidad que se acerca a los dos dígitos. Mientras que las entidades federativas del país que no se han subido al barco del T-MEC, antes TLC no han logrado crecer, en algunos casos del sur, las entidades decrecen año con año. 

El tráfico de migrantes que cruzan de sudamérica a Estados Unidos durante el sexenio pasado fue de 30,000 mensuales, es decir 1,000 diarios. De enero a la fecha el promedio subió a 140,000 mensuales es decir, a poco más de 4,600 diarios. Por lo que la exigencia es detener ese tráfico migratorio que pasa en su totalidad por nuestro país. 

Lo que acordó el equipo del presidente de la república es discutible y habrá quién diga que está bien y es justo, habrá quién diga que es una flagrante violación a los derechos humanos. Y ambos tienen razón, depende qué se pondere más; economía o derechos humanos. 

Lo que es innegable es que no fue una negociación, mucho menos una digna, sino una imposición del presidente del norte y nosotros sólo fuimos a decirle que sí a todo. No lo veamos como un logro, no hay que aplaudirlo, hay que verlo cómo lo que fue, nos dieron un manotazo en la mesa y nosotros fuimos corriendo a decirle: sí señor, cómo usted diga, señor. 

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