Los Perritos del Imperio

Por: Luis Mondragón

Si tuviésemos que resumir en una frase la relación México-Estados Unidos, sin duda alguna utilizaría un verso de José Alfredo Jiménez que dice “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”; justamente México ha ignorado las amargas lecciones que nos ha dado la Historia. No hemos aprendido de las múltiples veces que tuvimos que rogar por reconocimiento, ni de la pérdida de Texas o de California, ni de los espías disfrazados de embajadores y ni mucho menos de las intromisiones en asuntos que sólo le conciernen al país. Tristemente, México ha devenido en otro títere del Tío Sam –como lo es Europa y una cantidad importante de países- para así apoyar a un sistema internacional desigual y promover la explotación Norte-Sur. 

Ahora que está en boga la izquierda progresista y la resistencia latinoamericana, muchos mexicanos están despertando el patriotismo y quieren ver a un México desprendido del vecino del Norte y unido a sus hermanos del Sur; sin embargo, dicho sentimiento está llegando 197 años tarde. Si los mexicanos posteriores a 1821 hubiesen escuchado a Lucas Alamán y sus ideas panamericanistas –al igual que en el Sur a Bolívar- nos hubiésemos ahorrado la pérdida de territorio, la injusta guerra de 1848 y las intromisiones en asuntos internos. A pesar de que con la Reforma, Juárez casi denigró al país por completo con el tratado McLane-Ocampo, personajes como Porfirio Díaz o Luis Echeverría estuvieron conscientes que Estados Unidos era más un enemigo que un aliado; he ahí la importancia de expandir las relaciones exteriores. Es así como en el periodo de 1900 a 1994, México logró consolidarse como uno de los defensores de la soberanía y del respeto al continente; a tal grado que desafío a Occidente defendiendo a Cuba de su expulsión de la OEA en 1962. 

No obstante, ¿Qué fue del México que alzaba la voz ante el intervencionismo norteamericano? La respuesta es muy sencilla, Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Aplaudido por muchos y criticado por otros, el TLCAN cambió radicalmente a México; si bien crecimos económicamente debido a las exportaciones hacia Estados Unidos y Canadá, socialmente, el estado mexicano dejó morir a pequeños productores agrícolas y a la industria manufacturera; culturalmente, empezamos a perder lo nacional por consumir la basura del norte; y en cuanto a la diplomacia, la política exterior se centró en complacer a Estados Unidos. Para ejemplificar el punto anterior, acciones como la Iniciativa Mérida, aumentar la seguridad en la frontera sur, el Grupo de Lima o aceptar la visita de Donald Trump como candidato han llevado al país a perder su imagen de defensor de Latinoamérica y lo han dejado como un servidor más del vecino del Norte. 

Después de una terrible humillación por parte de Enrique Peña Nieto por salvar el TLCAN a capa y espada, finalmente llegó un presidente que podría imponer la soberanía nacional sobre los intereses norteamericanos; un presidente que podría seguir los pasos de Fidel Castro, Hugo Chávez, Cristina Kirchner, Evo Morales o Rafael Correa de obstaculizar la injerencia estadounidense y velar por el respeto a Latinoamérica; el 1 de diciembre de 2018 Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia del país azteca. Pero vaya sorpresa que nos hemos llevado, la soberanía nacional quedó por los suelos al aceptar las condiciones que el mandatario Trump nos impuso sobre la migración; qué tristeza que uno de los países más fuertes de Latinoamérica dé la espalda a los hermanos del Sur armando la frontera  para frenar la migración con tal de que el TLCAN no se venga abajo.                  

Desde mi perspectiva, México no ha sido más que un sirviente del imperio norteamericano desde 1994; vilmente hemos dado la espalda a países que culturalmente e históricamente son más afines a nosotros para abrirle las puertas a tratos denigrantes e injustos. No puedo negar que la dependencia hacia Estados Unidos es en demasía necesaria, ya que sin el comercio hacia el norte la economía mexicana se vendría abajo; sin embargo, México debe aprovechar su situación geográfica, su gente, sus recursos naturales y su poder en Latinoamérica para abrir sus relaciones económicas y comerciales al resto del mundo. Todavía no hemos llegado al primer año de gobierno, pero hasta ahora opino que la postura internacional de México es hipócrita; ya que tenemos el valor para aplicar la Doctrina Estrada para Venezuela, pero nos acobardamos y nos doblegamos para evitar que Estados Unidos nos ponga aranceles. En conclusión,  México debe de afinar y ser más congruente con su política exterior para así poder recuperar la soberanía, la dignidad nacional y dar fuerza a Latinoamérica; ya es momento que los mexicanos y  los latinoamericanos dejemos de ser perritos del imperio y comenzar con la unión de nuestros países y de nuestra región.  

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